Hoy es Domingo de Pascua: el día en que la muerte se vuelve vida, en que las tinieblas se apagan y la luz vuelve a encenderse. Y esta mañana, recién despierta, pensaba que quizá ese sea el corazón del camino: transformarse.
No hablo del cambio inevitable del que hablaba Heráclito, ese que ocurre simplemente porque la vida sucede. Hablo del cambio con sentido. Del que nace cuando ves algo que no te gusta y decides convertirlo en algo distinto.
Puede ser un gran giro vital o algo pequeño que te incomoda y preferirías no cargar más. Decirlo es fácil, lo sé. Conseguirlo de golpe, casi imposible. Pero toda transformación empieza igual: con un primer paso.
¿Qué me impide hoy dar uno, aunque sea diminuto, hacia ese objetivo? Detrás de cada paso ya hay cambio. Ya no estamos en la casilla de salida. Ese gesto nos acerca a la versión que queremos ser.
Empezar es importante. Y después… viene la constancia.
No te voy a engañar: sin constancia no hay transformación. Se trata de avanzar, paso a paso, sin perder de vista el objetivo que nos sirve de brújula y de impulso.
Para mí es un privilegio acompañar a personas que han visto algo en sí mismas y quieren llegar a otro lugar. Personas que no se conforman, que creen en ellas, que saben que su mejor versión aún está por llegar.
Si estás en ese punto en el que intuyes que tu transformación está llamando a la puerta, no tienes por qué recorrer el camino sol@.
Si quieres más —más de ti, más de tu mejor versión— puedes escribirme a [email protected]. Estaré encantada de acompañarte.
¡Feliz Pascua!

