Llega la Navidad, otra vez.
Y otra vez ha llegado rápido. Como si no la hubiéramos estado esperando. Como por sorpresa, como si no supiéramos cada año, que se adelanta. Y cada vez, un poquito más.
Los años vuelan, decimos.
De hecho, la vida vuela.
Y mientras tanto, se nos escapa esa misma vida voladora entre las manos. Se nos va, esperando a no sé qué. Se nos va, se va, la echamos.
La echamos perdiéndonos en apariencias, en exigencias, en peleas tontas sin sentido, en guerras desastrosas y horribles, quedándonos en la superficie de las prisas…
Y se va.
Y al volver la vista al Belén de la entrada, que obviamente con prisas pusimos en el puente de la Constitución, veo a un bebé que sigue esperando, que no se va.
Y leo algunas entradas de Facebook e Instagram, que dicen que Él es LA RAZÓN.
La razón, ¿de qué?
Y pienso. Y aprendo. Y asumo. Y entiendo.
Y no lo vivo.
Sólo cuando viva que la razón de Él soy yo, será cuando viva en abundancia.
Disfrutando de cada soplo de brisa, de cada rayo de sol, de cada flor que espontánea sale entre el asfalto, de cada abrazo de mis hijas, de cada mirada cómplice de mi marido, de cada risa de mis sobrinos, de cada charla, de los cafés en la rosa, de cada confesión entre amigas, de cada sorpresa, de cada paseo, de las llamadas diarias con mis padres, de los árboles, del sol saliendo al llegar cada mañana al parking del hospital, del paisaje de Sarriá, de cada bocado que doy, del agua caliente, de una cama cómoda, de los talleres, de cada reto, de cada éxito, de cada intento, …
Disfrutar de disfrutar.
Disfrutar con gratitud.
Quizás sí. La Navidad todavía tenga algo con lo que sorprendernos.
Al parar.
Al frenar.
Al mirar.
Pero sobre todo, cuando nos decidamos a vivirla. ¡Feliz NaviDAD!

