Raro es el día en el que no oímos esta palabra: libertad.
“Quiero ser libre”, gritan nuestros adolescentes.
La publicidad nos insufla a diario aires de libertad con eslóganes del tipo “siéntete libre para…”, “la libertad empieza cuando…”.
Y los políticos de turno, gritando “Libertad para…” lo que en ese momento les convenga.
Es una de esas palabras, como amor, que quizás de tanto utilizarla hemos banalizado.
Hoy, tras una conversación del fin de semana, me he encontrado preguntándome… ¿somos realmente libres?
Para poder llegar a una conclusión, primero he tenido que aclararme sobre qué es para mí la libertad. Ya sé, a estas alturas de mi vida, que no es hacer lo que me dé la gana cuando quiera.
Hoy, para mí, ser libre significa poder ser, permitirme sentir. Significa coherencia. Significa elección. Elección libre.
Libre de prejuicios, libre de opiniones ajenas, libre de creencias, libre de expectativas, libre de postureos, libre del qué dirán… Elegir según mi criterio.
En estos tiempos en los que nos hacen creer que somos tremendamente libres, me pregunto:
¿Cuántas veces al día soy libre de verdad?
¿En qué cosas actúo de acuerdo con lo que realmente quiero o me conviene?
¿Cuántas veces antepongo lo que van a pensar de mí?
¿Cuántas veces cedo mi libertad por actuar según lo que se espera de mí?
Quizás saber que el precio de esa cesión es mi coherencia —y por tanto mi paz— sea el primer paso para ser libre de verdad.
Y tú, ¿ya eres libre o estás en camino, como yo?

