Hace poco —muy poco— he tomado conciencia de cómo algunas palabras pueden ser un auténtico terremoto y provocar más dolor que cualquier golpe físico. A veces son palabras inocentes, aparentemente inofensivas, pero que en quien las recibe caen como la sal cae en la herida.
Y eso revela varias cosas.
Si escuece, es que no hay cicatriz: la herida sigue abierta y aún no está curada. Pero también significa que, si aparece ahora, quizá sea el momento perfecto para mirarla, atenderla y aceptar lo que trae.
“Pues es verdad… eso que pasó hace tanto, eso que yo creía superado, eso que evitaba mirar… sigue ahí. Y duele. Quizá duele mucho. Quizá hasta dejarte sin aire.”
Vale. Lo veo. ¿Lo acepto? Sentirlo es el primer paso hacia la aceptación.
Sí, duele.
Quizá, en algunos procesos, no queda otra que tener paciencia y confiar. Recordar que las cosas importantes requieren tiempo. Y que las heridas que más escuecen, las que más nos tocan, son precisamente las que más tiempo necesitan para curarse.
Pero sin olvidarlas, sin esconderlas, sin esperar a que alguien venga —sin querer o sin saber— a echarles sal.
Y quizá de eso se trate al final: de aprender a mirar la herida sin miedo, de sostener su escozor sin huir, de dejar que el tiempo haga su trabajo mientras nosotros hacemos el nuestro.
Porque incluso la herida que más arde guarda, muy dentro, una semilla de luz esperando su momento.

