Confieso que estuve tentada de titular este post ‘¡Qué le den!’, pero me contuve…
La semana pasada terminé tremendamente enfadada por una situación que viví, y me afectó. Me removió. Y no sólo por el conflicto en sí.
Primero, porque los conflictos me siguen generando malestar; soy una persona pacífica, que se mueve con soltura en situaciones tranquilas y sosegadas. El conflicto me incomoda, desde siempre.
Pero no sólo era el conflicto lo que me alteraba, sino también juzgarme por reaccionar sin control ante una situación externa, en vez de responder desde la consciencia.
Analizándome con calma a lo largo del fin de semana —benditos días de descanso, de paz, de tomar distancia— no sólo me he serenado respecto a lo vivido, sino que incluso me he sentido, en cierto modo, orgullosa de haber sido capaz de enfrentarme a una situación difícil y no dejarla pasar únicamente para evitar el conflicto.
A algunas nos han educado para callar, asentir, aguantar… aunque luego, por detrás, nos dieran la razón.
Sin embargo, algo que he aprendido en los últimos tiempos es que el enfado no sólo es lícito, sino necesario, porque nos da una fortaleza que quizá algunos no tendríamos de forma natural. Y os diré más: a veces, el enfado es una respuesta de justicia.
Ante una situación injusta, la emoción que debe aflorar es el enfado, por varias razones:
- por respeto hacia quien ha sido perjudicado,
- por poner límites a quien actúa desde la cobardía aprovechándose de la “buena educación” ajena,
- y porque nos mueve a la acción que hace que las cosas cambien.
Así que ¡vivan los enfados!, que son el motor que hace arrancar el mundo hacia el cambio que buscamos.

