Estos días me doy cuenta de lo que me cuesta soltar ciertos apoyos. No sólo pesa la costumbre: también aparece el miedo a caminar sin las muletas que, casi sin darme cuenta, se han vuelto parte de mi manera de avanzar.
¿Seré capaz de afrontar ciertas dificultades yo sola? ¿Me acordaré de mí, o sin esas paradas volveré a perderme? ¿Me priorizaré en algún momento de la semana?
Dudas…
Pero también está la certeza de que, si no atravieso la decisión, la incertidumbre permanecerá siempre y el crecimiento se estancará.
Y cuando veo claro que debo decidir, y empiezo a sentirme fuerte para iniciar un nuevo tramo del camino, surge —sin invitación— el peso de decepcionar a quienes confían en mi presencia en esos espacios.
Paro, respiro… y siento que esa decepción es sólo el picor en la cicatriz de heridas ya cerradas, pero que siguen existiendo y existirán para siempre.
Agradezco su presencia, y que ya solo pique.
Los caminos tienen etapas, y aunque dé miedo, hay que dejar atrás con gratitud las ya recorridas, para poder llegar a disfrutar de los paisajes que nos esperan en las siguientes.

