Al llegar el fin de año, desde muy chiquita hago balance. Imagino que como mucha gente.
Al mirar atrás, me doy cuenta de que suelo juzgar los años con dureza, viendo siempre lo que podría haber sido y no fue, lo que podría haber ido mejor. Por lo menos en un primer vistazo.
Pero al parar y repensar , desde hace unos años al menos, en una segunda mirada me sale la gratitud. La gratitud por todo lo que sí hemos vivido.
Y vuelvo a darme cuenta de que el truco está en parar.
Hace unos días, al pensar en el 25 lo califiqué como un año de transición. Y nada más lejos de la realidad. En esa segunda mirada a la que, si soy sincera y justa conmigo llegué rápidamente ya, vi un año lleno de aprendizajes y logros inmensos.
Algunos más externos y visibles, como certificarme en coaching o empezar a dar formación, que ha supuesto principalmente atreverme a creer en mí, y que ha abierto un camino que me ilusiona enormemente.
Y otros más discretos pero tal vez más profundos:
El año que acaba me ha enseñado sobre todo a amar en la distancia. A comprender que soltar, a veces, es el acto de amor más grande. A estar presente sin estar físicamente.
También me ha invitado a ver lo que no me gusta de mí, y a que quitarse las máscaras requiere valentía y amor. Y en ello estoy. Los que me quieren de verdad conocen esas máscaras y también lo que hay detrás. Y me quieren así. Entera. Y me sostienen cuando no me aguanto ni yo. Y confían en mí. ¡¡Gracias!!
Y que está Él, que nos sostiene a todos. Que, con su amor infinito, su bondad infinita, su sabiduría infinita, lo tiene todo bajo control. Un control que no falla.
Y lo último que me está recordando este año que se está yendo , es que me deje ya de teorías, que ya sé muchas cosas, y que VIVA, que viva de acuerdo a lo aprendido, valorando y agradeciendo, y que a eso se llega en la tranquilidad y el sosiego del hoy, del ahora, del aquí.
Que el 2026 nos traiga presencia. Que lo demás ya está.
¡Feliz 2026!

