En ocasiones cuando nos damos cuenta de ciertas cosas que no nos gustan de nosotros mismos, el primer impulso es huir. Cerrar los ojos y no querer ver. Esconder la cabeza a modo avestruz, porque si no lo miro, tal vez desaparezca.
Pero no. No funciona así.
Quizás a lo sumo consigamos distraernos. Un ratito, no más.
Luego vuelve. Una vez visto, se queda en nosotros, paciente, hasta que lo atendemos.
Es difícil muchas veces afrontar esas cosas que no nos gustan de nosotros mismos.
Según la negrura de la sombra, duele, duele mucho. Porque después de ese primer bloqueo empiezas a sentir. A veces frustración, otras veces rabia, tristeza, culpa, vergüenza… O todas a la vez.
Es ahí, en ese punto oscuro, donde empieza la curación. Después del miedo y del dolor.
En ese momento nos viene muy bien tener buena gente a nuestro alrededor que nos quiera bien, y que nos diga las cosas que necesitamos oír, aunque no nos gusten.
Y entonces sientes más vergüenza.
Pero a la vez, más gratitud. Porque sabemos que lo que nos dicen es verdad. Porque sabemos que, si está surgiendo esto, es ahora el momento de mirarlo.
Es un momento raro, de mucha luz y de dolor. Un momento en el que ya no sirven las excusas y de aceptar que la hemos cagado.
Es también un momento de incertidumbre porque no tienes ni idea de qué hacer. Así que, tras dejar cao al orgullo, humildemente sentimos que nuestra opción es confiar y soltar la necesidad irreal de poder con todo, de saberlo todo, de controlarlo todo.
Porque ya hay otro, más fuerte y más sabio que yo, que se ocupa y me sostiene a mí también, mientras me susurra: “Descansa. Todo está bien. Tú, sólo disfruta del camino”

