Esta mañana me he despertado intranquila, pensando en un millón de cosas que quiero que salgan bien. Mi cabecita controladora ha empezado a recordar los billetes de avión, las fechas, las maletas contratadas, las medidas de las mochilas en cabina…. Y el postre de la comida en casa de Ana, la compra semanal, el zafarrancho de limpieza, “que hoy toca”… Y el mail sin enviar, la reunión del lunes, la tutoría, el presupuesto del dentista.
Imposible volver a dormirme. La intranquilidad ya me devoraba convirtiéndose en angustia.
Me he levantado y he empezado a listar horarios, y escalas, y listas de la compra, y gastos, e ingresos….
Y me he vuelto a encontrar de sopetón con mi exigencia. Con mi juicio. Con mi necesidad de control.
Y de repente he recordado el poema judío, atribuido a Woody Allen: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
He frenado entonces. He respirado. Varias veces. Y he mirado a mi alrededor. Y he cerrado los ojos y he seguido mirando.
Párate, contempla, y percibe lo que ya tienes, lo que ya eres. Todo es perfecto. Ya eres perfecta. Y es perfecto independientemente del esfuerzo que yo haya puesto: lo que tiene que ser, será, por mucho que yo me empeñe.
No hay nada que te pase que no sea por tu bien, ya sea presente o futuro, aunque no alcances a entenderlo todavía.
Quizás pues, todo sea cuestión de confianza.

